50 años de viaje. Del walkman a spotify
Olegario Jose Cabrera Lozano 

En 2025 me he convertido en un sexagenario. Sexagenario sufriente porque no acabo de asumir los achaques médicos, que no medicinales, que van llegando, acompañados de una mentalidad que difícilmente supera los 40 o incluso la treintena.

Es lo que tiene la machacona inmersión educativa y psicológica de mantenernos, sea como sea, en la eterna lozanía: las agilidades de juventud en periodos de la vida ya pasados o mantenernos en una agónica sucesión de actividades y entretenimientos donde el aburrimiento periódico, que no permanente, es tratado con dosis de señuelos, a veces químicos, como si de una enfermedad terminal se tratara. A esta altura de mi vida milito el derecho al aburrimiento como uno más de los derechos humanos.

Y en este pastel entra el turismo, los viajes, los desplazamientos para emocionarnos con experiencias y sensaciones a las que en casa difícilmente daríamos valor en nuestro lugar habitual de permanencia.

Julio de 2025, veo en las noticias o/y leo en los periódicos (digitales, claro), como aeropuertos, puertos, estaciones de tren, estaciones de autobuses (¡qué rayos, guaguas!), carreteras radiales y no tan radiales, playas, orillas de lagos y ríos, entornos culturales y edificios singulares (y algunos entornos más) se van convirtiendo en un conglomerado de seres humanos, aparentemente vivos, ansiosos, excitados y a veces enfadados, hábidos de vivir aunque sea de manera compulsiva pero aderezado de selfies frecuentes, experiencias únicas, inolvidables y placenteras que les hagan sentir seres singulares.

Me causan horror y zozobra esas imágenes de un ejército de turistas, casi siempre bien indisciplinado, en el que la compulsión de rentabilizar los 5, 7, 10 o 15 días de vacaciones disponibles (y con euros suficientes para sustentarlos, aunque sea a veces a costa de créditos revolving, que hacen de la evocación de esas vacaciones un recuerdo recurrente a cada cuota de pago mensual) les conviertes en seres sintientes de emociones enlatadas que evocan más anhelos que satisfacciones alcanzadas. Prefiero, milito quedarme en casa, al amparo de una televisión de más de 80 pulgadas, plataformas varias que den opción a algo más que el streaming (jolines, déjenme elegir, no me des opciones logaritmizadas), la soledad mitigada por mi perra, altramuces en abundancia, aire acondicionado y horas, muchas horas, que entre más TV veas, más pronto llega la noche (madre mía, qué panorama). Eso en julio de 2025, cuando ya soy sexagenario.

No siempre fue así. Empecé a viajar cuando tenía 19 años. Antes de esa edad, no había bolsillo familiar para menesteres viajeros (la cosa de ser familia numerosa). Era el mes de julio del año 83 del siglo pasado, y el primer destino extranjero, exótico como el que más, la bella y verde Andorra. A la emocionante estancia del mi segundo año como universitario en Madrid, todo un estudiante orgulloso de la Complutense, haciendo vida de colegio mayor y con los vapores atenuados que me llegaban de la movida madrileña (aquellos peludos y extravagantes hacían cosas que me escandalizaban, con mi mente más aletargada que tradicional) vivía mi primero experiencia de salida al extranjero. Un tanto frustrante, ya que con mi segundo pasaporte (conseguí que el primero, con 14 años y permiso paterno se convirtiera en objeto de culto que conservo todavía: ese primer pasaporte siempre fue virgen, como yo hasta muchos años más tarde). Pero incluso, con mi segundo pasaporte, mi primer viaje al extranjero sería posible bajo aquel entrañable documento nacional de identidad, plastificado, de tonos azules y tamaño anticartera. Las 10 horas de guagua desde Madrid hasta Andorra, en una noche tórrida de autobús completo de jóvenes curiosos (algunos pijos, casi todos con un acné vergonzante incluso) se pasó con más entusiasmo que sed, la que mitigábamos en los baños, con agua del grifo, en las paradas que el vehículo hacía. Seguro que ya se vendían botellitas de agua de 33 centilitros en los bares, no lo sé, pero desde luego era un extra en pesetas que preferíamos mantener en la trinchera de nuestros bolsillos para las cervezas en el país pirenaico a nuestra llegada. Recuerdo a aquel primer compañero de viaje, Ramón, extremeño, aunque ciudadano de Pragahoz (algún día explicaré el significado de esa síntesis de Praga + Badajoz), poeta aspirante a sociólogo (¿o a politólogo?) como yo, compartiendo colegio mayor, reflexiones y sufrimientos existenciales, a quien evoco con una ternura, cariño y añoranza, que a pesar de su ausencia, por la injusta enfermedad que le arrancó de la vida con sólo 44 años, mantengo con sus padres, hermana y cuñado y sobrinos, con los que con cierta frecuencia compartimos mesa con viandas exóticas y vinos exuberantes mezclados entre recuerdos y proyectos.

Me pierdo, ¿dónde estaba? Ah, sí, en Andorra. Qué viaje, qué primeras fotos en blanco y negro (reveladas por nosotros mismos): mi primera montura a caballo (subido a su lomo marrón con la ayuda de tres personas, faena de no haber tenido un cuerpo ágil y atlético, me pregunto cómo resistió mi peso aquel equino). En mi memoria, como orgullo patrio, queda la comunal y descomunal meada que desde la montaña fronteriza, le dedicamos al vecino francés. Afortunadamente los andorranos con los que nos movíamos, aunque catalanoparlantes como primer idioma, compartían nuestra relativa repugnancia hacia la indisimulada superioridad chovinista y mórbida que sentían nuestros vecinos del norte hacia aquella España despertante de las 4 décadas del político militar de recia mano Francisco Franco, de intento del golpe de Estado 24 meses antes, de sangre, mucha sangre provocada por la derecha, la izquierda y más aún por un nacionalismo salvaje protagonizado por ETA, que a su nombre a muchos aún hoy le enerva la sangre. Pero aquella España también era la de la nueva cultura, apertura, movida, libertinaje, salas X y casas de la cultura o del pueblo que el PSOE habría de forma casi histérica por toda la geografía nacional, sustituyendo tardíamente a los desconchados edificios que significaron la modernidad de los teleclubs de Fraga.

Y de esta manera, lúdica, de paseos y conversaciones acompañadas de cerveces compartidas, transcurrió mi semana en Andorra, mi pérdida de virginidad viajera. No podían faltar los recuerdos, suvenires y regalos para mi gente de Madrid y Canarias. Qué enternecedora ingenuidad: en lugar de traer cigarrillos americanos a precio de saldo (Andorra tiene un régimen impositivo muy laxo), opté por cargar en mi maleta, varias latas de mantequilla danesa, una exquisitez nada fácil de encontrar en la España precomunitaria. No le sentó bien el viaje de vuelta en bus de 12 horas, ni las temperaturas del recio julio. Necesitaban nevera. Ni que decir hay cuando, con toda la alegría del mundo entregaba las latas de aquel unto a sus destinatarios, sus de caras de repulsión al ver el sebo fermentado que contenían.

La ilusión de aquel primer viaje abrió una puerta que era desconocida para mi: considerar que el mundo tiene límites, frontera. Empezaba a descubrir que los límites, las fronteras, nos las poníamos nosotros en nuestras cabezas. En mi caso, también en el bolsillo.

Mi amigo Ramón volvió a Santa Amalia a sufrir los calores de rigor del verano extremeño. Yo volví a Canarias, con la incertidumbre de si habría capacidad económica en casa para mi segundo curso en Madrid, pero con una preocupación mayor, la de superar aquel verano de mis 18 años, que ya barruntaban lo que  iba a ser el sino de mi existencia: la búsqueda de nuevos lugares, la exploración de otros paisajes, los sabores de exóticos alimentos y en especial, el descubrimiento que no me interesaba llegar a ningún lugar. Me conformaba con estar en el camino.

El anhelo de convertir mi incólume pasaporte en muestra de los lugares visitados, por los sellos de fronteras y visados, debió esperar. 

Rumbo al Amazonas: una peculiar odisea
Teresa Izquierdo

Como para todo aprendiz de viajero, el Amazonas ha sido un destino que siempre me fascinó. Aún quedan en mi memoria aquellas peripecias que nos narraban en las clases de historia y que conseguían despertarnos, literalmente, del sueño primaveral de las mañanas de mayo en un pueblo andaluz, caluroso ya por esa época.

Hazañas de héroes y otros menos héroes, peligros de la selva en la que el ser humano se siente tan débil, desprotegido, a merced de cualquier capricho de la naturaleza, de cualquier minúsculo animalejo que pueda terminar con su existencia en pocos minutos... de enfermedades, riqueza y explotación.

Se decide poner rumbo al Amazonas y una inquietante sensación invade, como pequeños aventureros nos adentramos en las bravas aguas del majestuoso río en el que muchos iniciaron un viaje sin retorno. Partimos después de un sin fin de trámites en Sanidad y vacunas contra la fiebre amarilla, tifus, medicación para prevenir la malaria pero no existe esa especial vacuna que te evite el miedo! Dicen que es en soledad donde el ser humano se siente único, vulnerable, palpa la angustia o percibe la alegría, en definitiva... CRECE y es en soledad como hay que hacer este recorrido.

El puerto de Manaos es una explosión de colores, ruidos y olores, de barcos cargados con los pescados más extraños, las frutas más exóticas, un caótico bullicio desde el amanecer hasta la noche. Queda atrás el teatro Amazonas, la lujosa sala de ópera con cristales venecianos, telas de Alsacia y mármoles de Carrara, un famoso monumento en el que los magnates hacían ostentación de sus fortunas. Atrás queda la extravagante y desconcertante Manaos.

Subimos a la "gaiola", es un pequeño barco de madera, no muy estable y, por supuesto, nada sofisticado. Ya el ritmo del corazón se acelera a cada segundo porque pronto seremos testigos del encuentro de las aguas del oscuro río Negro y el terroso Solimoes: nace el Amazonas

Herzog, un simpático nativo, será nuestro consejero, capitán, cicerone y amigo. Él va relatándonos sucesos... no queremos ser malpensados pero parece que pretende acongojarnos y aseguro que lo consigue. Nos habla de las terribles pirañas, del monstruo guio, las tarántulas y el candirú (parásito que se introduce en la uretra causando la muerte). Todo ello lo cuenta con la serenidad del que estuviera describiendo una tranquila comida familiar a orillas de un riachuelo en un apacible domingo primaveral.

Nos ofrece zumos y fruta para aliviar algo el pegajoso calor húmedo y nos prepara unos chinchorros en los que nos acomodamos y balanceamos plácidamente. ¡Qué hermosura!, el majestuoso río, el cielo, la selva en la que pronto nos adentraremos. Pero cuando extasiados gozamos de esta maravilla de la creación el día se vuelve gris y en pocos minutos comienza la más aterradora tempestad: truenos, rayos... el agua entra en la barca y tenemos que agarrarnos fuerte. Es imposible retroceder y el poblado más cercano está a más de dos horas.

Herzog corre inquieto colocando improvisados toldos de plástico y cuando miramos los rudimentarios salvavidas observamos en su rostro un gesto de angustia queriendo explicar que no servirían de nada. La densidad del agua es tal que apenas podríamos avanzar nadando y además son muchos los "anfitriones" que se complacerían en degustarnos. El río es tan ancho que las orillas ni se ven...

Seguramente se trató de un milagro porque el cielo se abre, un brillante sol aparece burlándose de la tormenta pasada y divisamos un poblado con sus chozas de madera y niños alegres correteando por la orilla del río saludándonos alegres.

De los días con los Caboclos son todos recuerdos extraordinarios, amaneceres en la floresta, conciertos de las más raras aves de la selva, salidas nocturnas para ver jacarés, comer lo que se pesca. Aprender a vivir sin prisa pues el tiempo deja de tener importancia y no existe más despertador que el sonido de las aves, el agua y los espíritus de la selva.

Aprendimos con ellos que hay que saborear cada día, cada instante como un regalo del cielo, tener humildad porque los humanos somos bien frágiles ante la fuerza de la naturaleza. Los caboclos muestran como con tan poco se puede poseer tanto. Los poblados duermen al sol y se van lentamente desperezando porque la vida en Brasil fluye sosegada y pausadamente con la modorra de una siesta estival.

Despegamos: destino, China
Teresa Izquierdo

El viaje a este país comienza en el mismo momento en el que me dispongo a leer “China para hipocondríacos” de José Ovejero. Este libro hace que mi interés por el remoto país crezca aún más, aunque también crecen mis dudas, temores y esa curiosidad que atenaza al viajero que emprende ruta a lugares tan lejanos y distintos.

Desde la llegada al aeropuerto de Beijing mis ojos no dejan de asombrarse, todos los sentidos están alerta. Pekín es el monumento a las enormes dimensiones; avenidas kilométricas, plazas inacabables, bloques descomunales.

Recorro la ciudad en un autobús viejo y destartalado que nos adentra en calles atestadas de gente en bicicletas, taxis, trolebuses y lugareños sentados en cuclillas con las camisetas subidas intentando atrapar el poco aire que corre por las esquinas. Es agosto, y ese mes es muy caluroso y húmedo y desde tempranas horas hace sentir al viajero una cierta y angustiosa atmósfera de microondas.

Es asombroso observar cuánto tiempo son capaces de permanecer en esa, a mi juicio y suponer de los occidentales en general, tan incómoda y forzada postura, pero desde los más pequeños hasta las mujeres más ancianas tienen una increíble destreza y flexibilidad y pasan plácidamente largos ratos de descanso en animadas tertulias.

La visita al viejo Pekín realmente fascina; un conglomerado de tienduchas, talleres de artesanos, casas de comida, puestos de frutas, pescados exóticos y raros olores en toda la gama olfativa desde los delicados y agradables perfumes de incienso hasta alguno realmente fuerte y desagradable proveniente de perolas con “exóticas comidas” o sumideros de las casas de vecinos en las que se comparten las zonas comunes (patio central y servicios) y en este tema, hay que decir que los aseos públicos son un tanto curiosos y algo carentes de privacidad, constando de un agujero en el suelo y separados por tabiques muy bajitos lo cual permite ver, conversar o intercambiar una sonrisa con la vecina mientras se realizan las necesidades fisiológicas y una señora rolliza y embutida en traje Mao camina con gesto malhumorado entregando el papel higiénico.

Sí, todo es sorprendente en el viejo Pekín y cada lugar obliga a hacer una parada y como ya es hora de almorzar, conviene probar el pato laqueado y el tradicional “huevo de los cien años”, una delicatessen gastronómica servida cruda de la que se hablaba ya en textos de la dinastía Ming. A este manjar se le atribuyen grandes beneficios para la salud pero tal vez no sea apta para todos los paladares.

Otra curiosidad: los nombres de las calles, plazas, pagodas o farmacias, como farmacia de “La Bondad Infinita”.

Cada ciudad o pueblo encierra miles de tesoros ya sean arquitectónicos o paisajísticos. En Pekín, la grandiosa Ciudad Prohibida, Los Templos del Cielo o los Lamas.

La Gran Muralla, espectacular fortificación en la que millones de trabajadores murieron durante su construcción, Tian’anmen famosa plaza, escenarios de multitud de acontecimientos históricos, y una de las más grandes del mundo, recordada en la historia más reciente por la terrible masacre de 1989.

El Mercado de la Seda, impactante a la vista por su exuberante colorido donde se pone a prueba el arte del regateo.

A veces un gordito y mofletudo niño de pelo negro es colocado en mis brazos ante la mirada y sonrisa complaciente de sus padres que, aprovechan para hacernos una foto al bebé y a la “nariz larga” como nos ven a los occidentales.

Atrás quedaron los jardines de los Mandarines, con sus flores de loto, nenúfares y cisnes, los templos, los budas, las casa de té o los Guerreros de Terracota en Xi’an pero sospecho que la bella Shanghái no me defraudará...

Y en ella terminaré el recorrido por el país, en esa metrópoli mezcla de estilos; elegancia europea, oriente oculto y avasallador futurismo, de lujo y sordidez envuelta en humo de opio y luces de neón.

Atardece y desde el malecón vemos como la ciudad se va adentrando en la noche. Miles de luces destellan y abruman, algo de magia y mucho de embrujo. Con esta imagen de cuento me despido y con la promesa de volver.

Juan y Medio
Teresa Izquierdo 

Este personaje que cada día en las horas tediosas de entre siesta aparece en pantalla, esa barba con ojos chispeantes y sonrisa burlona que se autoinvita en el café de sobremesa a compartir dulces de la tierra, alegrías y sin sabores. Esa criatura que se acomoda en el lugar privilegiado de nuestros hogares, del sillón orejero de nuestra morada y nuestra vida.

Esa persona llena de encanto, alegría, ironía y acidez que no tiene mesa reservada, que no pide cita previa, que irrumpe como un tornado con la convicción de que nadie le negará el agua ni la sal, porque esta le sobra a raudales.

Ese individuo curtido en mil historias de Algeciras a Estambul (como mediterráneo de Serrat), de su Almería hasta cualquier rincón de Andalucía, de España y del mundo. Pocas veces se ve a alguien tan resuelto en los comentarios, tan rápido y veloz en las respuestas, con ese desaliño tan cuidado, con esa compostura tan austera.

Ese ser que desborda día a día consuelo al desamparado, que esquiva con don aire asuntos y discusiones incómodas, que saca de la chistera el remedio para tantos corazones solos y existencias casi muertas.

Sí, esa largura en la estatura y en el ver en el fondo de las almas, aquellas que en la tarde acuden a buscar cobijo cuando las puertas de la casa se cierran y el destino les prepara una emboscada.

¡Ay, amigo Juan y Medio, las siestas del sur son insufribles, el abrasador calor tras el gazpacho adormecen los sentidos pero al llegar "La Tarde" despertamos con un sonido de alarma incorporado y se deja todo: los niños, el marido, el rosario, el cotilleo del día, el trabajo, la crisis, el paro, el bar, la fábrica, el comercio, el percance en el supermercado, el amor ilícito, las rencillas con la suegra, los vecinos, el desencanto y acudimos en tropel a tomar posiciones frente al comunicador que nos dará esa tarde otro motivo más para dibujar sonrisas, creer que hay otros senderos, ilusionarnos con las nuevas conquistas de octogenarios anacoretas y ermitaños que creían que el final de sus días y fantasías habían tocado fin, que solo les aguardaría la monotonía de la residencia de la tercera edad, el brillo de sus pasillos encerados sin más confianza ni futuro.

No sé si nos tienes deslumbrados porque aún los que no somos seguidores de esta cadena en la que trabajas la sintonizamos... por algo será.

Pena que pululen por los medios de comunicación periodistas tan engreídos, autosuficientes, prepotentes y endiosados... sabelotodos que no tienen la mínima sensibilidad para empatizar (como se dice ahora) con los demás.

Deberían aprender de ti, saber saltar de registro sin miedo a la caída, de los niños a los ancianos, de los cultos a los no tanto, de los urbanitas a los rurales, de la tragedia a la comedia, dando a cada cual lo suyo, entre bromas, sarcasmo o ternura... que de todo se precisa.

Ese es un don hay que aprovecharlo.

Mil gracias por hacerlo.

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