Mongolia, tierra que se siente

Viajar a Mongolia es entrar en un mundo de contrastes. Una tierra donde las estepas se pierden en el horizonte, los desiertos y montañas guardan un silencio milenario, y las tradiciones nómadas conviven con la vida moderna de sus ciudades. Mongolia no es solo un destino: es una experiencia que transforma, mezcla hospitalidad, historia y naturaleza en estado puro.
En 2013, Asakzok emprendió un viaje inolvidable por este país fascinante. Desde la vibrante capital de Ulán Bator hasta la inmensidad del desierto del Gobi, pasando por la emoción del festival Naadam, cada paso fue un encuentro con la cultura, la fuerza de la historia y la sencillez de la vida nómada. Un recorrido que dejó recuerdos imborrables y una conexión profunda con esta tierra legendaria.

Horizontes del Gobi

El viaje comenzó con una sensación de vacío inmenso: la estepa parecía no terminar nunca, y cada kilómetro recorrido era un recordatorio de lo pequeño que somos frente a la naturaleza. Camellos dispersos en la distancia, montañas suaves y un cielo que parecía más grande que en cualquier otro lugar del mundo nos acompañaban mientras avanzábamos en aquellos viejos furgones rusos.

El Gobi no es un desierto clásico de dunas infinitas; es un lugar que sorprende con paisajes cambiantes: praderas, montañas rocosas, cañones de colores y llanuras áridas donde el silencio pesa tanto como el viento. Allí aprendí que viajar no es solo ver paisajes, sino detenerse, morder una fruta en medio de la nada y sentir que el tiempo se ralentiza.

El final de la ruta me dejó con una mezcla de cansancio y gratitud. Frente a los acantilados rojizos del Gobi, con la tormenta acechando en el horizonte, entendí que el desierto no es vacío, sino memoria y eternidad. Volví con la certeza de que aquel horizonte abierto seguirá dentro de mí mucho después de haber dejado atrás sus caminos de tierra.

Visita al Coloso de Mongolia

Visitar la estatua de Chinggis Khaan fue uno de esos momentos en los que la historia deja de ser un libro y se convierte en algo vivo. En medio de la estepa, de repente aparece esta figura inmensa de acero que brilla con el sol, casi como si vigilara todo el horizonte. Desde la entrada hasta llegar a sus pies, uno siente que está caminando hacia un símbolo, no solo hacia un monumento.

Al estar frente a la estatua surgen sensaciones de asombro por su magnitud, respeto por lo que simboliza y un silencio natural que impone el entorno. Subir hasta lo alto y contemplar la estepa desde esa perspectiva es como mirar a través de los ojos de un guerrero que permanece en la memoria. Más que una visita turística, es una experiencia que conecta con la historia y transmite la sensación de formar parte de algo mucho más grande.

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